Mitología celta: La diosa Morrigan

La mitología celta es un maravilloso compendio de fantasía arraigada en verdes praderas y mares embravecidos. Tierras húmedas moteadas por velos de niebla, salpicados a su vez por extraños monolitos de piedra donde se inscriben símbolos circulares llenos de magia y enigmas…

Las historias celtas tienen su base en una mitología politeísta originada en la edad del hierro. Si bien es cierto que tienen un estrecho contacto con la cultura romana, gala y celtíbera, los celtas, conservaron a su vez unas bases propias de su pueblo que la dotan de una “sobrenaturalidad” especial, siempre vinculada a sus tierras y tradiciones. Siempre es gratificante conocer un poco más acerca de estas culturas antiguas, así que hoy, te hablaremos de una de sus diosas más importantes: Morrigan.

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Morrigan, la seductora diosa oscura

Morrigan, es nada más y nada menos que la dama oscura de la muerte y la destrucción. Una mujer guerrera de gran belleza representada normalmente con armadura. Ella habita en todo conflicto bélico, en toda guerra o enfrentamiento. Adopta la forma de un cuervo y sobrevuela entre el humo de la batalla y el fragor de la lucha. Su papel, es infundir valor a los soldados, y no solo eso… les otorga fuerza, ira y rabia.

El nombre de Morrigan significa Reina espectral, y pervive en muchos paises anglosajones en la forma de “Carrie o Carrigan”. Si bien se la asocia a la muerte y la guerra, también está vinculada a la renovación, al amor y al deseo sexual. Esta mujer guerrera viene a simbolizar tanto el final como el inicio, el placer y la violencia. Un sugestivo entramado del universo celta impreso en la sugerente figura de la diosa Morrigan, una diosa dual capaz de destruir y de dar la vida.

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Esta diosa pertenece a los llamados Tuatha dé Danann, los principales seres mágicos que habitaron Irlanda. Es una divinidad esencial asociada a su vez con Anu, la llamada “nutridora de dioses”, y se dice que se halla encarnada en Munster, en el condado de Kerry, en la forma de dos montañas que representan sus pechos.

Morrigan fue amante de reyes, y amó en especial a un guerrero que no pudo tener: Cuchulainn. Alguien que jamás quiso vincularse con Morrigan, la rechazó y lucho a menudo contra ella en varios campos de batalla, venciéndola incluso en cualquiera de sus formas: lobo, águila, toro… hasta que al final, Morrigan, consigue tenerlo para sí cuando él está a punto de fallecer. Cuchulainn está agonizando atado a un árbol cuando ella desciende en forma de cuervo, para atenderlo, para aliviar su sufrimiento dándole la muerte y llevándoselo por siempre a su lado.

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Otro aspecto impactante sobre esta diosa, era el pánico que los soldados celtas le tenían a Morrigan. Sabían que cuando la intuían, cuando oían sus pasos y su voz en el campo de batalla, había llegado el momento de morir. ¿Cómo reaccionaban entonces los valientes guerreros? Dando lo mejor de sí, luchando con más brío y valor. Despreciando a la propia Morrigan y la muerte que les traía.

Para los celtas la muerte no era el final, sino un nuevo ciclo. Pero a pesar de ello, los guerreros y los soldados temían esa oscuridad que les traía Morrigan, ese instante de frialdad momentánea que sufrían al ser arrancados de sus tierras, y de esos bellos parajes de brumas, pastos y llanuras, donde el mar había arrullado sus vidas de soldados.

Mórrigan era la hacedora de la vida, pero también ella quien, con la sutileza de sus alas de cuervo, arrancaba el último hálito de los valientes guerreros.

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